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CULTURA

25/08/2026

Un audio desde el baño, un mail enviado sin querer y la lección que dejó cada papelón en la vida de una escritora

Un audio desde el baño, un mail enviado sin querer y la lección que dejó cada papelón en la vida de una escritora

Fuente: Netfan Servicios

El volumen editado por Vinilo reúne textos de autores como Daniel Saldaña París, Daniel Guebel, Andrés Barba y Luna Miguel. Acá reproducimos el texto de la cronista y escritora argentina

El libro de los papelones, publicado por Vinilo Editora, reúne una serie de crónicas sobre la vergüenza, el ridículo y la exposición pública. Concebido como una antología de autores de distintas generaciones, el volumen convierte escenas de incomodidad, tropiezos y desajustes en material literario, con textos que trabajan la humillación, el humor y la memoria desde registros muy diversos.

Participan del libro Matías Moscardi, Daniel Saldaña París, María Moreno, Nadine Lifschitz, Mercedes Halfon, Daniel Guebel, Gonzalo Maier, Ana Montes, Andrés Barba, Mariana Chaud y Luna Miguel. Dentro de ese conjunto, el texto de Mercedes Halfon pone al papelón como experiencia de exceso, actuación y vergüenza, contado a partir de episodios de la vida profesional de la narradora.

Mercedes Halfon es una escritora, periodista cultural y curadora argentina nacida en Buenos Aires en 1980. Escribió El trabajo de los ojos, Diario pinchado, Vida de Horacio y Extranjero en todas partes: los días argentinos de Witold Gombrowicz. Además de su labor como autora y columnista en el suplemento Radar de Página/12, se desempeña como docente de Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y ha incursionado en el cine con Las poetas visitan a Juana Bignozzi.

Me gusta del término papelón sus reminiscencias teatrales: si papel es la palabra usada para denominar el rol que un actor o actriz desempeña en algún tipo de ficción, papelón vendría a ser cuando la actuación se sobrepasa y, como consecuencia, resulta malograda. Hacer un mal papel es hacerlo demasiado; el ridículo aparece en el exceso, nunca en la falta, porque una actuación minimizada no es actuación, sino otra cosa, digamos ¿la vida misma?, esto ya no resulta tan claro. Lo que sí creo es que el aumentativo de papelón respecto de papel, el origen de este término que después tendrá otros usos por fuera del teatro, aparece cuando alguien sobreactúa. Actúa por encima

Si me pongo a pensar en las veces que cometí un papelón, que son muchas, variadas y puntúan uno a uno los años de mi vida, recuerdo ocasiones en las que yo estaba de algún modo realizando una pequeña ficción. Me refiero a que me encontraba interpretando una suerte de papel, más precisamente, uno en el que tenía que mostrarme idónea, eficiente y esa presión autoinfringida por aparentar la ausencia total de grietas fue la que me empujó a fallar de la forma más estrepitosa posible. Pienso que el papelón es un recordatorio de que más vale evitar los fingimientos o los ámbitos donde los fingimientos son la regla. El riesgo es que el tiro salga por la culata y esto es bastante literal en uno de los casos que me propongo narrar. Me viene al encuentro un verso de Juana Bignozzi que dice: "jamás pensé que leería este poema en público". Algo así siento ahora.

Hay papelones de distinto tipo, cometidos en distintos lugares y con implicancias también diversas, pero elijo dos que tuvieron lugar en el ámbito profesional. Opino que en ningún otro espacio uno finge tan bien como en el trabajo, porque trabajar es una necesidad antes que un deseo –discutible, pero sigamos adelante– y al tener que hacerlo por obligación, ya nos deja en la puerta de una situación de inautenticidad. Cuando una trabaja de algo que le gusta, como es mi caso, no difiere mucho la circunstancia de que igual sería preferible estar en la cama leyendo, o en el cine, o caminando de la mano de nuestro amado, o tomando una copa de vino con una amiga, o una serie infinita de cosas que serían más placenteras que trabajar, como ya dijo Bartleby en cierta ocasión.

El primero que contaré es el más vergonzoso, pero no el más dañino. Es, al mismo tiempo, el que en términos simbólicos más ilustra lo dicho. Doy algunas vueltas porque realmente no sé cómo abordar el asunto que tengo para contar. Hablando de teatro, en los orígenes de este lenguaje en la Grecia clásica, la tragedia dejaba afuera de la escena los hechos más difíciles de ver: asesinatos, incestos, suicidios. Siguiendo esa línea los papelones deberían quedar afuera, pero estoy llamada a ponerlos en el centro del relato. A repetir de algún modo el papelón.

Estaba terminando el primer año de un trabajo que había anhelado mucho y que me tenía contenta. Se trataba del dictado de una materia en la universidad, en el marco de una cátedra de profesores que conocía y respetaba hacía tiempo. Los tres eran hombres, los tres eran diez o quince años más grandes que yo. Todo venía sucediéndose con mucha armonía, los intercambios con ellos eran enriquecedores, la materia era interesante, los textos que tenía que dar en las clases me estimulaban, las propuestas eran tomadas con entusiasmo por los alumnos. Pese a que el día que me tocaba ponerme frente al curso de cuarenta personas era vivido con cierto nerviosismo, siempre, absolutamente siempre, a la salida de las clases me encontraba revitalizada, feliz y con ganas de volver a la semana siguiente. Promediando el segundo cuatrimestre estaba sorprendida de que todo hubiera salido tan bien. Vengo de una familia de docentes, y el profesor a cargo de una clase es para mí un sujeto de supuesto saber a quien siempre dirigí un respeto reverencial, quizás excesivo. Por eso, haber podido superar esa prueba por primera vez tenía mi ánimo en alza.

El día en particular que quiero detallar estaba corrigiendo los trabajos finales. Pasaba las notas y las devoluciones a un Word, que luego a su vez pasaría a una plataforma de la universidad donde podían consultarlas los estudiantes. Estaba sentada frente a mi computadora con los trabajos en una pestaña, el documento con las notas en otra y, en una tercera, el WhatsApp web, donde el grupo de la cátedra estaba muy activo. Comentábamos los textos, algún trabajo destacado, algún chiste, algún sticker. Al costado de la computadora había un mate y mi celular. Una escena cotidiana, una mañana de tantas. En la mitad del pasado de las notas fui al baño con el celular en la mano. No hace falta describir qué ocurrió allí adentro, minutos más tarde salí y continué con mis tareas.

Pasó algún tiempo, quizás media hora. El grupo de la cátedra por algún motivo se había sumido en un profundo silencio. Cuando terminé el trabajo y el curso completo ya tenía disponible sus evaluaciones online, entré al WhatsApp para avisarles a mis compañeros que había concluido mi misión. Pero vi algo extraño, algo que no debería haber estado ahí: un mensaje de audio mío, de cierta extensión, enviado exactamente media hora atrás. Es decir, mientras estaba en el baño de mi casa. Un mensaje que se había grabado y mandado solo. Recuerdo que tiré el teléfono sobre la mesa, como si súbitamente hubiera elevado su temperatura hasta quemarme. Después lo volví a agarrar, abrumada, ausente: quería negar lo que estaba sucediendo, al mismo tiempo que darle una explicación tranquilizadora o racional, pero no existía tal cosa. Quise eliminarlo, pero el tiempo transcurrido desde que había salido de mi celular me lo impedía. No tenía escapatoria. En un estado de agonía física y mental extrema le di play y me encontré lo que más temía. Un registro sonoro de todo lo ocurrido en el baño, como si dijéramos un radioteatro, o para ser un poco más actual, una pieza de foley con la que no quedaba atisbo de duda de las acciones y reacciones sucedidas en ese recinto, del que nadie desconoce su excelente acústica.

No más preguntas, señor juez. En un intento penoso de ocupar el vacío que se había instalado en el chat, como último recurso, balbuceé: "No escuchen el audio, fue mi hijo que estuvo jugando y grabó cualquier cosa". Nadie respondió. Ni en ese momento, ni en ningún otro a lo largo del día, ni en toda la semana.

Gracias compañeros por no haber hecho ninguna alusión. Ha pasado bastante tiempo, creo que pude dejarlo atrás. Pero ahora, mientras escribo esto, me vuelve un arrepentimiento sobre todo de una cosa: haber involucrado a mi hijo, haberlo metido en el medio, inocente de toda culpa.

Voy con el segundo caso. ¿Es peor que el ya contado? ¿Acaso puede haber algo peor? Diría que no. El tema con el segundo es que fue una acción muy nimia, muy breve, diminuta, pero con un efecto enorme. Como una cerbatana dirigida por mí hacia mí misma.

Ocurrió hace bastante tiempo, casi dos décadas. Por esa época trabajaba como periodista freelance: semana a semana luchaba para publicar mis notas en diversos medios sin tener asegurado el sustento que necesitaba para atravesar el mes. Continuamente tenía los ojos puestos en algún espacio laboral que pudiera necesitar de alguien como yo. Fue así que me llegó la noticia de que se estaba por lanzar un nuevo diario. Sus directores eran dos afamados periodistas, uno de gran robustez y el otro de gran bigote. Pensándolo bien, no tiene sentido ocultar sus identidades: eran Jorge Lanata y Martín Caparros. Varios conocidos habían sido convocados y confirmados en distintos cargos.

Me entusiasmaba la idea, aunque a la vez no me veía con chances de entrar, se notaba que lo que estaban armando era un dream team que saliera al ruedo con todas las de ganar y yo no era una firma conocida. Así que me limité a soñar con la posibilidad, pero no hice nada en concreto.

Una tarde me encontraba, nuevamente, frente a la computadora, creo que mi vida entera transcurre de esta manera, haciendo pequeñas tareas. Una amiga periodista que conocía la precariedad de mi situación laboral me chateó para insistirme, como ya habían hecho otras, con que mandara mi currículum al diario que se las traía, con el famoso latiguillo "No perdés nada". Yo me resistía, supongo que por miedo a fracasar, mientras conversábamos y cada una avanzaba con sus quehaceres del día. En un momento dado mi amiga, tal vez cansada de mis evasivas, me dijo que me iba a pasar el mail de Caparrós para que ya lo tuviera. Vi en el chat la dirección de correo escrita En azul y me pregunté qué le diría a ese escritor tan prestigioso, tan serio, tan comprometido, que no me conocía de ningún lugar. Como no se me ocurrió nada ingenioso, ni convincente, ni conmovedor, solo copié el mail para mandármelo por correo a mí misma y evaluar más tarde si le escribía o no. Y eso hice: abrí un mail, pegué la dirección de correo, puse en el asunto "Bigote" y lo envié. Todo esto pasó en milésimas de segundo. Mucho más lento que el suceso es el relato del suceso, pero así ocurre con cualquier historia que se cuente y creo que en definitiva de eso se trata la literatura, de ese arco, esa deformación, de esa distancia. Aunque esto no sea literatura, sino algo que está antes: el motivo de que mi carrera periodística haya concluido. Bueno, exagero un poco. Es que el mail, en vez de llegar a mi casilla, fue precisamente a la de Martín Caparrós. Le mandé un correo vacío, con asunto "Bigote" y mi firma debajo. Cuando tomé consciencia de lo que había hecho, al ver el mail en la lista de enviados, quise fugarme del país.

Y así fue que se abrieron y se cerraron para mí las puertas en el periodismo de alta gama. Me consolaba pensar que, con los centenares de mails que le debían haber llegado por esos días, pudo habérsele pasado o que pudo haberlo visto e ignorado, lo que es más probable. Porque, al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía? Los papelones, pienso ahora, tienen la utilidad de ejercitarnos: son el simulacro de un hecho de gravedad. Pero nada es tan importante.

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Fuente: Netfan Servicios